
Por Mariana Cerchiara, Coach ontológica especializada en oratoria
Entre lo que queremos transmitir y lo que el otro recibe intervienen la voz, el cuerpo, el contexto y un factor decisivo: la coherencia.
Hay personas que saben exactamente qué decir y, aun así, no logran que les crean. El problema casi nunca son las palabras.
¿Estás preparando a tus hijos para la vida o resolviendo todo por ellos?
Te recomendamos también:
¿Estás preparando a tus hijos para la vida o resolviendo todo por ellos?
›
La ciencia lo prueba con un dato incómodo. En 2005, un equipo de la Universidad de Princeton, liderado por el psicólogo Alexander Todorov, publicó en la revista Science un experimento: mostraron durante un segundo rostros de candidatos desconocidos y los participantes predijeron, por encima del azar, quién ganaría la elección. Es un dato sobre rostros, no sobre discursos. Pero confirma algo más amplio: la imagen, en el sentido más completo, todo lo que el cuerpo comunica sin hablar, pesa, y mucho, en cómo nos juzgan. El juicio empieza antes de la primera palabra y, cuando hablamos, se suman la voz, los silencios y los gestos.
Alguien dice “estoy completamente seguro”, baja el volumen al final de la frase, desvía la mirada y repliega el cuerpo. Las palabras dicen una cosa; el conjunto, otra. Con una salvedad importante: no existe un gesto que revele lo que alguien piensa o siente. Un movimiento aislado no prueba nada. Importan el contexto, los cambios respecto de su conducta habitual y la combinación de señales.
Presencia no es actuación
Ante esto, muchos intentan parecer seguros: espalda rígida, gestos ensayados, una voz que no es la propia. Cuanto más se fuerza la seguridad, más artificial resulta.
Lo que funciona es desarrollar recursos: ordenar la idea antes de decirla, sostener una pausa, respirar, usar la voz con intención y detectar lo que estorba al mensaje. La presencia suele confundirse con volumen, pero una persona con presencia puede hablar poco. La tiene quien sostiene un silencio sin desesperarse por llenarlo, escucha antes de responder y no se acelera ante una pregunta incómoda.
Esos recursos se adaptan. No se habla igual ante un directorio que frente a una cámara. El buen comunicador no repite una fórmula: lee el contexto y se pregunta qué necesita entender el otro y qué quiere que recuerde o haga después. Ahí, la comunicación deja de ser solo expresión y se vuelve estrategia.
Cuando todo se alinea
Después de más de veinte años en este campo, veo lo mismo en perfiles muy distintos: personas muy preparadas cuyo valor no termina de percibirse. No necesitan saber más ni convertirse en otras. Necesitan achicar la distancia entre lo que son, lo que saben y lo que logran transmitir.
Sobre esa idea desarrollé el Método CCI (Comunicación Congruente Integral), que trabaja el mensaje, la voz, el cuerpo, el contexto y la intención como un sistema, y no como piezas sueltas.
Podemos elegir con cuidado cada palabra. Pero, mientras hablamos, también comunicamos con todo lo demás. Cuando todo empuja hacia el mismo lado, el otro percibe con claridad el valor que tenemos para aportar.
(*) Coach ontológica especializada en oratoria, PNL, neurocomunicación y comunicación no verbal, y creadora del Método CCI (Comunicación Congruente Integral). Instagram: @marianacerchiara_coach



