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Por Walter Petina
Llegué a las diez y veinte con la idea ingenua de que sacar plata de una cuenta propia es un trámite que se hace en una caja, con una persona del otro lado del vidrio. La caja existe. Está ahí, con su cajera, su vidrio y su cartelito de "Atención en ventanilla". Pero para retirar efectivo, me informa un cartel pegado con cinta al vidrio y me confirma el guardia con un gesto de la mano, hay que usar los cajeros automáticos.
En la sucursal hay cinco. Dos tienen una hoja A4 que dice "Fuera de servicio", escrita con marcador y con una letra que ya conoce el paso del tiempo. Un tercero funciona perfecto, pero no entrega efectivo: sirve para consultar saldos, que es la manera más elegante que encontró el banco de decirte cuánto no podés sacar. El cuarto sí entrega efectivo, pero se recarga después de las 15, dato que sé porque me lo explicó un señor de la fila con la paciencia de quien ya se lo explicó a otros veinte. Queda el quinto. Uno solo, para toda la sucursal.
Así que la fila no se arma delante de cinco máquinas sino delante de una. Somos once. Los conté, porque contar es lo único que se puede hacer en una fila sin perder la dignidad. Adelante mío hay una señora con una carpeta de plástico, un pibe con auriculares y un hombre de traje que mira el reloj cada cuarenta segundos con la regularidad de un metrónomo.
¿Cuándo se decidió que pedir efectivo es una conducta que hay que desalentar? ¿Quién calculó que cinco máquinas, de las cuales una anda, alcanzan para una sucursal entera? ¿Por qué la cajera, que está a tres metros y tiene la plata, no puede dármela, y el cajero, que no me conoce y tiene que pensarlo, sí? ¿Y a quién le avisa uno que el sistema funciona, pero que está funcionando mal?
Cuando por fin me toca, la máquina me recibe con una pantalla de bienvenida que tarda en cargar lo mismo que tarda en cargar una persona cansada. Meto la tarjeta. La ranura la traga con un ruido de persiana que baja. Tecleo la clave, elijo "Extracción", elijo la cuenta, y la máquina me informa, con una calma que ningún ser humano sería capaz de sostener, que el monto supera el límite diario por operación.
No es el límite de mi cuenta, que tiene fondos. Es el límite de la máquina, que es otra cosa, un número que alguien definió en una reunión a la que no fui invitado. Pruebo con un monto menor. Lo acepta. Pruebo después con otra operación para completar lo que necesito, y la máquina me responde que superé el límite diario acumulado. Lo que quería sacar en una vez lo podría haber sacado en tres veces, pero en tres días.
Desde hace un tiempo y para evitar robos, supuestas salideras bancarias, las cajas están detrás de paneles de vidrio difuminados, cosa que te impide ver si las o los cajeros están trabajando, tomando mate o simplemente solo queda una persona, debido a los “procesos de racionalización planificada”, que bien maridan con el “Proceso de reorganización nacional”. Perdón la digresión, no me quiero ir de eje.
Giro mi cabeza hacia un tótem que está ingresando a la sucursal y que escupe tickets para trámites administrativos. Desde el lugar donde estoy se ve a una empleada, acodada a la maquinita, mirando un teléfono con una sonrisa que no parte de ningún manual de atención al cliente. Me acerco, esperando que la distancia entre ella y yo sea menos burocrática que la que me separaba de la máquina. Le explico lo que pasó. Me escucha entera, con atención genuina, asintiendo en los lugares correctos.
—Entiendo perfectamente señor —me dice—. Pero la extracción de efectivo es solo por cajero.
—Pero el cajero me limita.
—Sí. Es por el límite del cajero.
—¿Y usted no puede gestionarme qué por caja me den la diferencia?
—¿Usted es cliente black?
—No, soy platinum.
—Consulto con mi superior y vuelvo. Para ir ganando tiempo saque un ticket para cajas.



